domingo, 24 de octubre de 2010

Migración

El Hombre siempre se ha movido por el planeta. Por razones de comportamiento económico: cazadores o recolectores, agricultores o industriales; por motivos de violencia: guerras, ocupaciones y persecuciones; por cuestiones de salud y enfermedad: epidemias; por fenómenos de la naturaleza: catástrofes y afectaciones, y por conflictos culturales y políticos: persecución de creencias religiosas e ideologías…, pero siempre se han movido los grupos humanos.

Las primeras migraciones conocidas en México se dan desde que llegaron los grupos nahuatlacos al valle de Texcoco. Años atrás, otros grupos poblaban grandes ciudades y luego emigraban: los de Cuicuilco huyen de la erupción de un volcán y llegan a Teotihuacan; los de Tula entran en una guerra intestina y Quetzalcóatl y su gente emigra por la costa hacia la Península yucateca. Son los mejores ejemplos que se me ocurren de los tiempos prehispánicos y que tienen su rancio antecedente en los caminantes que cruzaron por Bering.

Seguramente, durante La Colonia varias regiones conocieron la migración cuando se huía de los encomenderos y de la evangelización católica, cuando se expandió la ganadería, cuando se descubrían y explotaban grandes yacimientos de minerales, cuando las milpas no producían por diversas razones y las ciudades eran la esperanza.

La guerra de Independencia movió a mucha gente que huía o combatía. Poblados que eran abandonados o nuevos asentamientos que se fundaban; hambrunas que empujaban a masas hacia las ciudades…, algo de ello nos dicen los historiadores.

Durante la Revolución Mexicana, como en todo conflicto, la devastación económica fue notoria en la minería, en la agricultura, en la ganadería y en las manufacturas. Además de las balas, el hambre arrojó una corriente migratoria hacia la frontera norte: algunos buscaban cierta protección del país vecino y otros se quedaron en los estados fronterizos, lo que contribuyó a su poblamiento.

En las primeras décadas del periodo posrevolucionario, la economía de exportación, que se apoyaba en la venta de petróleo, la cual, ligada a la política agrarista de Lázaro Cárdenas que satisfacía muchas demandas sociales, trajo un periodo de estabilidad. El Estado era el gran interventor que destinaba fuertes gastos en la infraestructura agrícola, de comunicaciones y transportes. Sin embargo, la migración legal a Estados Unidos de Norteamérica de miles de braceros mexicanos, que sustituyó a la fuerza de trabajo local que partió a combatir a Europa y Asia, fue el fenómeno migratorio más importante de mediados del siglo XX.

Entre 1940 y 1950, la migración modificó al sector rural: pasó de constituir el 65% de la población nacional, a ser el 57%. La política industrial de Miguel Alemán prendía candilejas en las ciudades: los campesinos se proletarizaban.

Para finales de los años cincuenta y principios de la siguiente década la economía se estancó. Se decidió impulsar la inversión extranjera y la industria nacional fue desplazada por industria pesada extranjera, automotriz y siderúrgica principalmente. Se conoció la inflación y la política de salarios mínimos. Pero también, en el rejuego de apoyos al campo y a la industria, se presentó el desempleo y el subempleo. La intervención del Estado estabiliza la economía desde mediados de los sesentas hasta 1980: fueron los años del Milagro mexicano.

Con una tasa media anual de crecimiento del 5%, la economía mexicana creció moderadamente en los años setentas. Pero llegó la crisis de 1982 y los porcentajes de pobreza nacional se incrementaron. La migración de desempleados y pobres se dirige hacia los polos turísticos de desarrollo y a las ciudades medianas como Puebla y Querétaro. Aunque poco antes, a inicio de los años 70s, Luis Echeverría impulsa la política de colonización dirigida a Baja California y Quintana Roo. Llegan al sur del estado caribeño miles de familias campesinas provenientes de Coahuila, Veracruz, Zacatecas, Jalisco, Michoacán y Tabasco.

La primera inmigración masiva de extranjeros a México en el siglo XX se da durante el Porfiriato: llegan a Yucatán mil coreanos que nos dejaron apellidos como Chin o Yamá. En los años 20s arriban familias de judíos alepinos y árabes libaneses. Durante la Guerra Civil española (1936-1939) y en la década de los 70s y 80s, México recibe a decenas de miles de refugiados políticos de Argentina, Chile y Centroamérica. La vida académica e intelectual del país se ve enriquecida con las nuevas vanguardias en la filosofía, la sociología, el psicoanálisis y las artes que aportan los iberos y los sudamericanos. En esos años llega a Quintana Roo una migración de refugiados guatemaltecos que huyen del etnocidio.

A inicios de los años 80s arriban a Campeche y a Quintana Roo miles de indígenas choles que huían de la erupción del volcán Chichonal. En la Península yucateca llegaba a su fin el modelo henequenero y la crisis empuja a campesinos empobrecidos a las nacientes ciudades del Caribe mexicano: el turismo era el nuevo modelo que requería mano de obra no calificada.

Con el terremoto de 1985, centenares de miles de capitalinos abandonan la Ciudad de México y se establecen en Jalisco, Veracruz, Oaxaca, Morelos, Querétaro y Quintana Roo. A partir de ese momento, el Distrito Federal desacelera su crecimiento, para el 2005 es la cuarta entidad en crecimiento poblacional y Quintana Roo ocupa el primer lugar a nivel nacional con el 4.7% anual.

La migración interna es un fenómeno que en los últimos tiempos ha mostrado una tendencia hacia las costas y hacia las ciudades fronterizas del norte: los centros turísticos y las maquiladoras ofrecen oportunidades de trabajo. La llamada migración ilegal, la de los mexicanos que tratan de burlar la línea fronteriza del norte, es otro tema.

Para Quintana Roo, la migración es un fenómeno social que siempre ha estado presente en su historia. Los mayas que combatieron durante la Guerra de Castas y encontraron refugio en sus selvas centrales; los primeros pobladores isleños que huyeron del oriente yucateco en los años de esa conflagración peninsular; los primigenios habitantes de Payo Obispo que provenían de Belice, Xcalak y otras latitudes; los ribereños del Río Hondo que trajo Luis Echeverría y los centenares de miles que llegaron a trabajar para la industria turística de las ciudades del norte, son el argumento de que la migración es un tema que debemos conocer histórica, social, cultural y económicamente con mayor detalle.

Pero la migración que tal vez menos atendemos o percibimos es la de los indígenas mayas. Ellos se han movido hacia las ciudades turísticas y también hacia Norteamérica. Hace 35 años conformaban el grupo social más numeroso de la entidad, ahora representan poco menos del 20% de los habitantes estatales. Eso indica que han crecido poblacionalmente, pero no al ritmo de las tasas de inmigrantes: un 6% anual de ellos contra el 16.7% de la media anual estatal.

Es necesario saber cómo el fenómeno migratorio ha afectado sus estructuras socioeconómicas, la agricultura tradicional y su sistema cultural. Más allá de lo que significa la presión demográfica de la migración sobre los servicios públicos, es necesario conocer qué esta pasando con sus condiciones de vivienda, con el incremento de adicciones como el alcoholismo y la drogadicción, con la violencia intrafamiliar y las enfermedades contagiosas. Eso no requiere de grandes conceptos, ni simposium, ni foros; sólo un poco de compromiso con ellos, nada más.

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